Reflexión: kintsukuroi

Cuando nos rompen por primera vez el corazón pensamos que todo a nuestro alrededor se derrumba. Sentimos que las paredes, los amigos... todo lo que pensábamos un punto de apoyo fijo e inamovible de repente se convierte en gelatina. El planeta, la gente... nos resultan blandos, pegajosos e insoportables. No sabemos qué hacer, la ansiedad nos secuestra el alma y es cuando no podemos dar ni un paso más. 

Ese corazón roto nos paraliza. No "queremos" quedar, ver gente, y nos escondemos bajo mantas y sábanas. Todo se mantiene de esa manera hasta que conseguimos, un día, que nos duela un poco menos. Las cosas vuelven a tener definición... y sin darnos cuenta podemos respirar y sentirnos de nuevo en paz.

Bueno, eso pasa cuando nos rompen el corazón una vez, que tenemos que recoger los pedazos y volverlos a unir... pero ¿y la segunda? ¿la tercera? 

Lo mismo.

El mundo se vuelve a desmoronar y parece que no vas a ver las cosas claras otra vez... pero no es verdad, siempre sobrevivimos. Nuestro corazón sigue latiendo y siempre conseguimos recuperar todas las piezas y pegarlas (con el tiempo).

Antes pensaba que cada vez que esto ocurría mi corazón era más feo, más áspero, más desagradable... pero ahora creo que no es verdad. Lo arreglamos, y es cierto que quedan cicatrices, pero... esto nos hace mejores: más tolerantes al dolor, más sensibles, más empáticos...

En Japón tienen una curiosa (para los occidentales) manera de arreglar la cerámica: el kintsukuroi (金繕い) una forma de arte que consiste en repararla con oro que data del siglo XVI. 
Al arreglar la cerámica la pieza se vuelve más bella después de haber sido roto y reparado. Dicho de otra manera, la prueba de la fragilidad de estos objetos y de su capacidad de recuperarse son lo que los hace bellos, muchas veces mucho más de lo que eran antes.


Así que cuando nos partan el corazón, sólo hay que pensar en recoger las piezas y fundirlas hasta tener un corazón dorado.


¿Alguna vez os habéis sentido así? 

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