Miedo al "después"


Estos últimos días están siendo los más difíciles. Sé que cuando cierren la puerta, detrás de ellos se quedará el silencio y una casa vacía (para mi, eso sí). No me voy a otra ciudad, pero tal vez sea eso lo que hace esta situación algo "irremediable", una vez dado el paso no habrá marcha atrás (y si la hay será desesperada).

Voy a echar de menos a mis padres, pues han sido los arquitectos comprensivos de mi vida. Me han ayudado a caminar a lo largo de estos años y, aunque hayamos tenido nuestras diferencias, siempre serán mis personas favoritas. 

Les dejo a unos kilómetros de distancia, pero a veces parecen años luz

Los últimos días de vida en la casa que me ha visto crecer se acaban... y no paro de pensar en lo realmente sola que estoy. Con ellos puedo discutir, pero sé que nunca me cerrarán la puerta si les busco... mientras que por otra parte amigas de toda la vida me han fallado esta semana.

¿Qué puedo sentir de una relación de años que puede romperse en minutos?¿de alguien que no es capaz de ver que otras personas "nuevas" están tratando de meterse entre nosotras?

Tengo miedo, pero no de tener que limpiar mi ropa, mi suelo... tengo miedo de la soledad que pueda venir después. Tengo miedo de los años que vengan después, de la incertidumbre que me rasga el corazón estas últimas noches. 

¿A quién tendré a mi lado cuando ellos realmente no estén?

Tengo miedo.

¡Salta!

Ya falta poco para comenzar a empaquetar mi vida. Y es que es eso... acabo de darme cuenta de que hacer mudanza significa clasificar y empaquetar todas tus cosas y con ellas todos tus recuerdos y vivencias.

Tengo miedo, un miedo horrible, más que nada a la soledad (porque vivir sola me hace temer que tenga que convivir conmigo misma durante días sin compañía), pero tengo que superarlo. Son esas ganas de superarme, de salir de la "zona de confort" las que me hacen seguir adelante... contra el miedo, las dudas... Quiero crecer y sé que, aunque cueste, esta es la mejor manera.

Toca coger aire y tirarse a la piscina.

Mar de dudas y miedo, allá voy... Socorro.




*Espero que haya agua.

Tristeza invernal

Llega el invierno y de repente nos sentimos solos, apáticos... deprimidos. No, no estoy exagerenado, esta sensación es un "desorden" mental y en inglés se llama SAD (Seasonal Affective Disorder). Está reconocido por muchos especialistas (e incluso por la prestigiosa clínica Mayo en EEUU).

¿Y en qué consiste? Es un tipo de depresión que, como decía, ocurre siempre a la misma altura del año. Coincidiendo con los meses de menos luz solar (en el hemisferio norte, dónde yo vivo) y de frío, abarca desde finales de otoño hasta que el invierno termina. Me suena, te suena... es real. Pero existen unos pequeños trucos para no ir arrastrándonos por las esquinas durante esos fríos y lluviosos días del año.

1. Té verde
El té verde acelera el metabolismo, es como un despertador para el cuerpo. Nos ayuda a tener energía todo el día, sin sufrir los altibajos de la cafeína. Todo un 2x1 vamos, adelgazas y estas de mejor humor, porque también ayuda con el estrés.


2. Cariño
Sí, vale, no tenemos novio, lo sé, lo sé ¿ACASO CREES QUE NO LO SÉ? (sniff). Un abrazo (de cualquiera al que quieres, como tu madre, tu abuela, tu padre...) de al menos 30 segundos hace que tu cuerpo libere endorfinas (las hormonas de la alegría y el buen rollito). Así que a abrazar se ha dicho.

También valen los abrazos a estrellas de la lucha libre
3. Ejercicio
¡A levantarse! Está demostrado que hacer ejercicio (aunque sea de manera moderada) te hace más feliz. ¿El responsable? Las famosas endorfinas de las que hablaba antes. Pónte en forma a ser feliz.


4. El método "hippie natural"
Este método... tal vez no sea del todo científico, pero es un "Marina Abramovic se lo dijo a Lady Gaga" y eso para algunos es más que suficiente. Consiste en abrazar árboles, contarles tus frustraciones y contar granos de arroz. Em... ¿ok? 


5. Ir a un profesional
Porque siempre es mejor quejarse a un profesional. Está demostrado que la gente que se ha tratado o ha ido a terapia es capaz de manejar sus emociones en solitario mucho mejor.


6. Dormir
No tiene misterio, si duermes eres más feliz. Y si no tienes que madrugar, más. 
7. Luz
La luz influye mucho en nuestras emociones y sentimientos. Está demostrado que en los países con menos horas de sol al año hay más índice de suicidios y la gente no es tan feliz. Esta "terapia lumínica" consiste en crear un ambiente con luz que se parezca a la del mediodía (para prolongar su efecto). Menos mal que vivo en España...


8. Solidaridad
La gente solidaria, que se involucra en asuntos sociales... es más feliz y se siente más realizada. Además un poco de ayuda siempre viene bien. Echar una mano es edificante y hace que tu humor sea mucho mejor.

9. Entretenimiento
Salir, charlar, reír... al final son lo mejor para sentirse conectado con el mundo y feliz. Una copa de vino y unas amigas es lo único que necesitas para hacer este tipo de "terapia". Además, estar ocupado, aunque sea un poco "alone" también puede propiciar estar de mejor humor: desarrollar un hobby, escribir, cocinar... todo menos quedarse tirado en el sofá con ganas de hacer nada.

Ellos animan a cualquiera

10. Mimos
Por encima de todo lo mejor para el cuerpo y la mente es mimarse y quererse. Una sesión de spa, una salida de compras... o simplemente un baño relajante pueden ser la peor pesadilla de la depresión. 


La verdad es que nunca me había planteado que los bajones también estuvieran influidos por el clima o las estaciones... Tendré esto muy en cuenta y espero que sirva a los dos gatos que me leen (o al menos sonrían un poco). ¿Algún método más?

Crecer

Llegó el momento. Toca salir del nido y volar. Después de 3 años de ahorrar, trabajar y ahorrar... por fin tengo un trabajo (no muy bueno, no de lo mío exactamente... pero me permite vivir), así que toca comenzar a ser una persona adulta de verdad; con unas responsabilidades, unas obligaciones (que ya tenía antes) pero ahora con libertad.

Mirar pisos es complicado, y como soy una persona lógica, ahorradora y a veces demasiado racional... Ninguno parece "El piso": este está alejado del metro, este no tiene calefacción, este no tiene ascensor y es un cuarto, este es pequeño, este es demasiado grande, este es demasiado caro... Pero no pierdo la esperanza. Sigo mirando, sigo visitando... y un día de estos encontraré el lugar donde voy a crecer como persona el próximo año (por lo menos)

No creo que nadie me lea, pero si es así... ¿Algún consejo a la hora de escoger? ¿alguna idea de como hacer acogedora una casa de alquiler? Toda ayuda es poca.

Comienza la cuenta atrás hacia la libertad.

Quiero ser...

Dicen que el cine es luz. Luz que proyecta. Luz que influye.

Quiero ser cine en los demás.
Y encontrar alguien con quien hacer una película.

Guerra a la grasa

Mi batalla contra los kilos empezó muy pronto. Mi madre siempre ha sido una persona gordita y yo a partir de los 15 años comencé a seguir sus pasos. Pero antes de eso me gustaría hablar de lo que pasó antes de esa edad.

Nunca he sido excesivamente delgada. En cuanto empecé a crecer (mido 1'81 m) mi cuerpo creció proporcionalmente a esa altura. Pero fue a los 15 cuando la cosa se fue de las manos. Era una chica sana, deportista... nunca enfermaba, mi salud era de hierro. Nunca había tenido una "gripe" de más de 3 días (cosa que me fastidiaba, a esa edad las enfermedades son días de menos en el colegio).

Recuerdo que fue un año muy difícil; mi abuela había muerto de un cáncer de páncreas hacía 1 año y mi abuelo acababa de reunirse con ella después de un doloroso cáncer de huesos. Mi madre era un zombie... había dedicado los dos últimos años de su vida en la carretera, entre su ciudad natal y dónde vivimos ahora.

Un día empecé a tener fiebre. No era nada del otro mundo, 38º C. Y yo estaba encantada. Podía quedarme en el salón viendo la TV tooooodo el día, vamos, el sueño de cualquier niño. Pero pronto la cosa comenzó a ser preocupante. Después de 5 días la fiebre no hacía más que subir, así que mi madre me llevó a ver a un amigo médico de la familia.

No vio nada extraño: tenía ojeras, la fiebre era alta pero parecía que no iba a subir más... pero notó algo raro al escuchar mis pulmones. Nada preocupante, un ligero ruido. Recomendó a mis padres que me hicieran una placa de ellos (por clínica privada, pues sería más rápido... aunque más caro).

Recuerdo aquel día perfectamente. Yo, una chica atlética y de buen comer, no había merendado... y me sentía débil. Más que en toda mi vida. Mi madre me prometió hacerme un sandwich de queso según entraba a la sala del radiólogo.

Fue rápido. "No te muevas", "quieta" y "ya". 5 minutos más tarde estaba de nuevo en la sala de espera, aguardando a las pruebas. No tardaron en llegar. Yo cada vez estaba más mareada. Una enfermera llamó a mi madre y con urgencia le dijo que me llevaran a un hospital. Ya. 

Tenía ambos pulmones llenos de líquido. No se explicaban cómo podía respirar (supongo que porque llevo toda la vida haciendo ejercicio: natación, basket, voleyball... tenía más tolerancia a la falta de oxígeno).

30 minutos más tarde tenía una mascarilla de oxígeno. Estaba asustada... pero no duraría mucho. Una hora más tarde estaría en coma. Un coma inducido médicamente. Mi cuerpo no podía más.

Desperté 3 semanas después. Un milagro. Ningún médico o enfermera confiaba en que saliera de esa neumonía. Pero allí estaba. 

Estuve ingresada hasta Navidad: 1 mes y pocos días. Había perdido 30 kilos. Era un saco de huesos, y por primera vez en la vida "tenía" que comer... y mucho. Así que mis padres (y mi abuela) se encargaron de cebarme como a un gorrino (¿yo? en ese momento encantada. Podía comer sin parar y todo el mundo me decía que estaba delgadísima). Medía 1'73 m y pesaba menos de 35 kg.

Ahí comenzó mi infierno. En poco más de un año no sólo volví a pesar 70 kg, pasé la cifra, llegué a los 90 kg. Pesaba una barbaridad. El verano siguiente no pude ponerme un bikini, me sentía asqueada con mi cuerpo, pero mi familia (supongo que desde el cariño que me tienen) seguían empeñados en darme de comer.

Tuve que dejar el deporte, pues durante un tiempo mis pulmones no podía aguantar. Y tuvieron que operarme de la rodilla porque debido a la enfermedad uno de mis pies había dejado de funcionar por un tema neuronal. Tenía que llevar un aparato corrector en la pierna... Mi peor pesadilla.

Pasé de ser la chica alegre con la que todo el mundo quiere juntarse y reír a un bicho raro, feo y gordo (y mis compañeros no tardaron en disfrutar al hacerme darme cuenta de ello). Fueron los años más oscuros de mi vida. Perdí "amigas" (o lo que yo pensaba que eran amigas), y estuve sola, completamente. Pensé en dejar atrás todo... pero al final sobreviví.

Después de 3 años de pesadilla mis pulmones se recuperaron y (aunque aún hoy mi pie a veces  decida actuar por su cuenta jajaja) después de mucha rehabilitación conseguí olvidarme de ese aparato corrector. Seguía gorda, obesa, oronda... un despropósito... y con la adolescencia ese "peso" (nunca mejor dicho) pesó aún más.

Cuando terminé la secundaria odiaba mi cuerpo, así que comencé jugar con fuego: dietas extremas, vómitos... y mucho, mucho ejercicio. En un verano conseguí bajar 38 kg. Estaba orgullosa. Controlaba, por fin, mi cuerpo, aunque la opinión de los demás ya no me importaba. Era dueña de mí, y eso es una sensación que muchas de nosotras conocemos. Comencé a obsesionarme (cómo no) con la báscula. La gente me veía como una chica "poderosa", segura de sí misma. Y aunque la realidad era muy diferente dejé que pensaran que era esa "superheroína".

Hoy tengo 24 años y he conseguido mantenerme sana (luchando, siempre, mi cerebro contra mi estómago o mi corazón). He intentado ser responsable, aunque muchas veces, mi vida se ha desmoronado y he recurrido a "controlar" otra vez el número de la báscula.

Vivo en esa dualidad. Me encantaría no tener que preocuparme por ello. Ser delgada naturalmente, ser como quiero ser físicamente (y no solamente por dentro), pero no puedo. Así que lucho, lucho mucho... por no caer en lo que no es "sano" para mi, y a veces caigo. Caigo durante unos meses hasta que me doy cuenta de que al final me hago daño.

Soy una mujer insegura, y eso gobierna muchas veces mi vida. Estar sola, no tener un compañero de viaje a veces hace que toda esa marea de preocupaciones salga a la superficie... pero intento mantenerme a flote, que al final es lo importante.

Tal vez todo esto sea una excusa, una forma de justificar lo que me hago... pero quiero ser sincera, porque me prometí serlo en este blog. Así que con esto os dejo un trocito más de mi (porque sin saber mi pasado... ¿cómo ibais a querer leer mi presente?)

Además, ultimamente he leído por aquí a chicas que lo están pasando mal con este tema y me gustaría con este post demostrarles que no están solas. Que internet en estos temas puede ser el vehículo perfecto para entrar en un círculo nocivo, pero creo que también podemos apoyarnos para salir a flote.

Mucho ánimo a todas esas "princesas" que deciden salir (aunque sea un rato) a respirar. Nos necesitamos. Es una de las razones (tal vez egoísta por la que decidí empezar esto, para no sentirme tan sola en esta pesadilla). Aún sigo luchando contra la báscula.

De hecho últimamente sé que estoy volviendo a caer. Aunque esta vez voy a alcanzar mi meta de manera saludable. 

Salir a la superficie y respirar.

Peso hoy: 74 kg (Cual ballena de nuevo)
Altura hoy: 1'81 m
Meta: 60 kg

Reflexión: kintsukuroi

Cuando nos rompen por primera vez el corazón pensamos que todo a nuestro alrededor se derrumba. Sentimos que las paredes, los amigos... todo lo que pensábamos un punto de apoyo fijo e inamovible de repente se convierte en gelatina. El planeta, la gente... nos resultan blandos, pegajosos e insoportables. No sabemos qué hacer, la ansiedad nos secuestra el alma y es cuando no podemos dar ni un paso más. 

Ese corazón roto nos paraliza. No "queremos" quedar, ver gente, y nos escondemos bajo mantas y sábanas. Todo se mantiene de esa manera hasta que conseguimos, un día, que nos duela un poco menos. Las cosas vuelven a tener definición... y sin darnos cuenta podemos respirar y sentirnos de nuevo en paz.

Bueno, eso pasa cuando nos rompen el corazón una vez, que tenemos que recoger los pedazos y volverlos a unir... pero ¿y la segunda? ¿la tercera? 

Lo mismo.

El mundo se vuelve a desmoronar y parece que no vas a ver las cosas claras otra vez... pero no es verdad, siempre sobrevivimos. Nuestro corazón sigue latiendo y siempre conseguimos recuperar todas las piezas y pegarlas (con el tiempo).

Antes pensaba que cada vez que esto ocurría mi corazón era más feo, más áspero, más desagradable... pero ahora creo que no es verdad. Lo arreglamos, y es cierto que quedan cicatrices, pero... esto nos hace mejores: más tolerantes al dolor, más sensibles, más empáticos...

En Japón tienen una curiosa (para los occidentales) manera de arreglar la cerámica: el kintsukuroi (金繕い) una forma de arte que consiste en repararla con oro que data del siglo XVI. 
Al arreglar la cerámica la pieza se vuelve más bella después de haber sido roto y reparado. Dicho de otra manera, la prueba de la fragilidad de estos objetos y de su capacidad de recuperarse son lo que los hace bellos, muchas veces mucho más de lo que eran antes.


Así que cuando nos partan el corazón, sólo hay que pensar en recoger las piezas y fundirlas hasta tener un corazón dorado.


¿Alguna vez os habéis sentido así? 

Prueba y error



Cambio de ruta. Porque hace unos meses escribía "¿Azar o hacer?" y todavía no he hecho nada... Así que con el año nuevo toca "darle caña" a la vida. Toca tomarse un chute de cafeína vital... y volar un poco.
Ahora lo “típico” es odiar las tradiciones y demás… decir que celebrar el Año Nuevo no es un “gran asunto” (big deal), y por ello voy a dejarme llevar por la loca de las fiestas que llevo dentro.



Empecemos por unos propósitos (ou yeah, sé que os encantan). Este año me ha costado bastante poco elaborar la lista, aunque es larga… peeeero, he decidido cambiar un poquito las prioridades (que para algo estamos creciendo). Allá vamos:

  1. Quererme más (porque francamente, la dieta no me es suficiente, y pasar hambre me pone de mala leche).
  2. Hacer algo “nuevo” cada semana (hacer la croqueta mientras canto la Marsellesa por un centro comercial también vale)
  3. Apreciar lo que me rodea y a los que me quieren un poco más (un poco, tampoco nos pongamos moñas, que os tengo más que consentidos, perras)
  4. No tener miedo (que parezco Agallas, el perro cobarde puesto de LSD un mal día)
  5. Perder la vergüenza (porque sí, porque me apetece ser una de esas personas que no tienen ningún problema con hablar en público)



(Y como siempre, aunque nunca lo cumpla, ser más constante con cosas como este blog, que nadie lee... pero oye... todo el mundo merece un sitio donde vomitar sus sentimientos)Así que a partir de ahora voy a seguir otra filosofía de vida: prueba y error. Porque de los errores se aprende y probando al final acabas consiguiendo cosas.. Incluso equivocarte, pero al menos no estas quieta esperando a que pase el tiempo en un rincón del mundo.