Es jodido. Es muy jodido ser totalmente consciente de ese punto en el que puedes (o estás) mandando todo a la mierda. 600 kcal son solamente 100 menos de 700, que era la meta que me había impuesto en mi día a día, y aún así... Vuelve.
Tentación, juego... premio
Sientes otra vez esa fuerza negra que arrastra todo hacia el centro de ti, ese hambre... ese poder. La satisfacción que te da el control, y la sensación que te hace recordar cuando escondías una chocolatina de más, cuando tus padres te ponían un límite.
Es adrenalina ciega, que se pega como una garrapata en algún lugar entre tu estomago y el corazón. Una criatura que se alimenta de tu falsa confianza en ti misma y no te deja ver lo débil que eres en el fondo...
Se arrastra y te llena como petróleo. Llega a cada hueso y te hace vibrar y entrar en un trance que, de pronto, es placentero. Un sueño dulce y líquido que hace que te olvides del monstruo.
Se arrastra y te llena como petróleo. Llega a cada hueso y te hace vibrar y entrar en un trance que, de pronto, es placentero. Un sueño dulce y líquido que hace que te olvides del monstruo.
Hasta que caes. Caes por ese abismo que tu misma has construido, a base de secretos y trampas, y entonces viene el golpe.
La vergüenza.
La desesperación.
Te sientes pequeña, minúscula... tanto que cualquiera podría aplastarte sin darse cuenta. Te encierras en lo más profundo de ese hueco negro que tienes en la boca, por donde tratan de salir todos tus demonios, y en el que no dejas entrar ni un gramo de esperanza.
Sabes dónde está ese límite. Esa criatura. En qué parte de la habitación la dejaste la última vez. Lo sabes porque todas las mañanas la miras a los ojos y no dejas que tome el control: hoy tampoco. Hoy eres fuerte, fuerte de verdad.

